El valor de una buena ilustracion

Deut. 8:5; 13:3; 2 Sam. 7:14; 12:1–23; Job 5:17; Sal. 6:9; 11:5; 89:30–37; Prov. 3:11, 12; 19:18; 17:3; Jer. 10:24; Dan. 5:4; 1 Cor. 3:13; 2 Cor. 8:2; Heb. 12:5–11; Stg. 1:3; 1 Ped. 1:7; 4:12, 13.

Una vez estuve dirigiendo cultos de avivamiento en elcampo, en un lugar del Estado de Misurí, EE. UU. de A.

Un domingo hubo una congregación muy grande porque se había anunciado que se serviría una comida bajo los árboles que había alrededor del templo. Mucha gente vino trayendo su comida y había muchas cosas que distraían la atención de toda la gente y no hacían caso de la predicación de aquella mañana.

Me sentí chasqueado y resolví retirarme de aquel lugar a un bosque que no estaba muy lejos del templo.

Me fui sin comer nada. Por la tarde íbamos a tener otro culto, y durante una hora o dos me quedé orando. Cuando tuve que regresar para predicar pasé muy cerca de donde estaba un ganado, y vi un borrego que había metido los cuernos entre las mallas del cercado de alambre y no podía libertarse. Me acerqué para libertarlo: para el efecto tuve que agarrarlo por los cuernos, torcer su pescuezo y moverle la cabeza hacia un lado y hacia otro.

El pobre animal estaba asustado, seguramente sufría algunos dolores, y hacía por libertarse de mí; pues, naturalmente, no entendía que yo era su libertador, su benefactor.

Suspendí un poco mi trabajo porque ya estaba yo un poco cansado; pero principalmente por lo testarudo del animal. Reanudé mi tarea y al fin logré libertar al borrego.

Me fui al templo pensando en esto, y me sentí impulsado a emplear en la predicación este incidente. Así lo hice. Todo el mundo estuvo atento, y pude predicar de una manera eficaz que dio buen resultado.

Empleé la parábola del borrego, hice algunas aplicaciones, y estoy seguro de que hasta el día de hoy muchos recuerdan esa parábola.—J. E. Davis.



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