La hermenéutica en general

La hermenéutica en general

En la base de todo escrito inteligible se hallan ciertos principios generales de pensamiento y de lenguaje. Cuan­do una mente racional desea comunicar su pensamiento a otra, se vale, para ello, de ciertos medios convencionales de comunicación que se suponen comprensibles para am­bas. Las palabras de significado y uso definido sirven a este propósito en todos los idiomas; por consiguiente, si uno entiende los pensamientos escritos de otros, debe co­nocer el significado y uso de sus palabras.

En general, sostenemos que la Biblia, como cuerpo li­terario, debe interpretarse como todos los demás libros. Tanto a los escritores de sus varias partes, como a quienes asumen la responsabilidad de explicar lo que aquellos es­cribieron, debemos suponerlos en armonía con las opera­ciones lógicas de la mente humana. El objeto primordial que un autor se propone al escribir, es que se le escudriñe diligentemente, porque con frecuencia acontece que a la luz de su propósito principal se entienden más claramen­te los detalles de su composición.

Junto con el objeto de un libro debe estudiarse también la forma de su estruc­tura, así como debe discernirse la relación lógica de sus varias partes. Una comparación amplia de todos los libros relacionados entre si, o de pasajes similares de escritura, es de sumo valor; de ahí que, con frecuencia, la comparación de un pasaje con otro sea suficiente para aclararlo todo. Especialmente importante para el exegeta es el transportarse mentalmente a la época de un escritor an­tiguo, estudiar las circunstancias que le rodeaban al escri­bir y, entonces, mirar al mundo desde el punto de vista del escritor.

Estos principios generales son igualmente aplicables a la interpretación de la Biblia como a todos los demás li­bros y, con mucha propiedad se les designa con el nom­bre de Hermenéutica General. Tales principios son de la naturaleza de las doctrinas fundamentales y de alcance amplio; para el intérprete práctico se transforman en otras tantas máximas, postulados y reglas fijas. Los tiene en su mente como axiomas y con consistencia uniforme los aplica en todas sus exposiciones. Porque es evidente que la admisión de un falso principio en el método de un intérprete es suficiente para viciar todo su proceso exegé­tico.

Y cuando hallamos, por ejemplo, que en la interpre­tación de ciertas partes de las Escrituras no hay dos intér­pretes de toda una misma clase, que concuerden, tene­mos buenos motivos para suponer que algún error fatal anda escondido en sus principios de interpretación. Es bien seguro que los escritores bíblicos no tuvieron el pro­pósito ni el deseo de ser mal entendidos. Ni tampoco es razonable suponer que las Santas Escrituras, dadas por inspiración de Dios, tengan la naturaleza de un enigma a fin de ejercitar la ingenuidad del lector. Por consiguien­te, debe esperarse que los sanos principios de hermenéu­tica sirvan de elementos de seguridad y de satisfacción en el Estudio de la Palabra de Dios.

Ya hemos definido el método histórico‑gramático de interpretación, distinguiéndolo del alegórico, del místico, del naturalista y de otras que han prevalecido más o menos.

El sentido histórico‑gramático de un escritor es una interpretación de su lenguaje, tal como las leyes de la gramática y los hechos de la historia lo exigen. No se preparó un lenguaje nuevo para los autores de las Escri­turas; ellos se conformaron al lenguaje corriente del país y de la época. De otra manera sus composiciones hubiesen sido ininteligibles.

El revestimiento o arreglo de las ideas en las mentes de los escritores bíblicos se originó en el carácter de las épocas, el país, el lugar y la educación en que a cada uno tocó actuar. Por eso, a fin de determinar sus modismos pe­culiares de expresión, nos es necesario conocer aquellas instituciones e influencias por las cuales se formaron. o fueron afectados: Es necesario que prestemos atención a las definiciones y construcciones que un autor da a sus propios términos y jamás pensar que intenta contradecirse o confundir a sus lectores.

También debe estudiarse el texto, así como la conexión de ideas, a fin de entender el asunto general, el plan y el propósito del escritor. Pero muy especialmente es necesario determinar la correcta construcción gramatical de las frases. El sujeto, el predi­cado y las cláusulas subordinadas deben analizarse cui­dadosamente y todo el documento, libro o epístola, tiene que ser considerado, en cuanto sea posible, desde el punto de vista histórico del autor.

Un principio fundamental de la exposición histórico gramatical es que las palabras o sentencias no pueden te­ner más que un solo significado en una misma conexión. En el instante en que descuidamos este principio nos lan­zamos a un torbellino de inseguridad y de conjeturas. Es asunto comúnmente aceptado por el sentido común que, a menos que uno se proponga producir enigmas, siempre hablará de tal manera que lo que dice resulte lo más claro que sea posible al que escucha o lee.

Por ese motivo, aquel significado de una frase que más pronta y naturalmente se le ocurra al que lee o escucha, es, por regla general, el que debe recibirse como el verdadero significado, ‑ese y ningún otro. Por ejemplo, tómese el relato de Daniel y sus tres compañeros, tal como aparece en el primer ca­pítulo del libro de Daniel. El niño más sencillo entiende fácilmente el significado.

No puede caber duda alguna en cuanto al intento general de las palabras de ese capítulo y de que el escritor se propuso informar a sus lectores, de un modo particular, la manera cómo Dios honró a aque­llos jóvenes a causa de su abstinencia y de su resolución de no contaminarse con las comidas y bebidas que el rey les había asignado. Lo mismo puede decirse de las vidas de los patriarcas, tales como aparecen en el libro del Génesis y, en realidad, de cualquiera de las narraciones históricas de la Biblia. Deben ser aceptadas como un registro de he­chos, registro digno de confianza.

Este principio es válido, con la misma fuerza, en las narraciones de acontecimientos milagrosos; porque los milagros de la Biblia se registran como hechos, acontecimientos reales, presenciados por pocos o muchos testigos, según los casos, y los escritores no sugieren ni la más remota in­dicación de que sus declaraciones contengan nada más que verdad sencilla y literal. Así, por ejemplo, en Josué 5:13 a 6:5, se nos dice que se apareció a Josué un« hombre, con una espada en la mano, anunciándose como príncipe de los ejércitos de Jehová” (v. 14) y dando instrucciones para la captura de Jericó. Es posible que aquello pudo ocurrir en un sueño.

También pudo ser una visión sin estar dormido Josué. Pudo ser cualquiera de estas dos cosas, sin duda; pero semejante suposición no se halla en estric­ta armonía con los hechos, puesto que envolvería también la suposición de que Josué soñó que cayó sobre su rostro y que quitó los zapatos de sus pies, así como que miró y es­cuchó. Las revelaciones de Jehová suelen venir por medio de visiones y ensueños (Núm. 12:6) pero la interpretación más sencilla de este pasaje es que el ángel de Jehová apa­reció abiertamente a Josué y que las ocurrencias que se re­fieren fueron todos actos externos y reales, más bien que visiones o ensueños.

El relato tan sencillo como triste de la ofrenda de la hija de Jefté (Jueces 11:30‑40) ha sido pervertido, ha­ciendo decir al relato que Jefté consagró su hija a perpe­tua virginidad ‑interpretación surgida a priori de la su­posición de que un juez de Israel tenía que saber que los sacrificios humanos eran abominables a Jehová. Pero na­die se atreve a poner en duda el hecho de que él hizo la promesa de ofrecer un holocausto, ‑y es decir, quemar so­bre el altar‑, a cualquiera que le saliere a recibir, en las puertas de su casa, al volver él (v. 31) . Apenas puede ima­ginarse que el guerrero estuviese pensando que una vaca, una oveja o una cabra le saldrían al encuentro al llegar a su casa.

Menos aún hubiese pensado en un perro u otro animal inmundo. La espantosa solemnidad y tremenda fuerza de su voto aparecen, más bien, en el pensamiento de que no pensaba en ninguna ofrenda ordinaria sino en una víctima a tomarse de entre los habitantes de su casa. Pero, indudablemente, poco pensó que de todos los que le rodeaban ‑sirvientes, mancebos, doncellas‑, su hija, e hija única de su amor, había de ser la primera en salirle al encuentro. ¡De ahí su angustia! Pero la niña aceptó su Po­sición con sublime heroísmo. Pidió dos meses de vida en los cuales llorar su virginidad, única cosa que para ella parecía obscurecer el pensamiento de la muerte.

Morir soltera ‑o sin hijos era el aguijón de la muerte para toda mujer hebrea y especialmente para quien era una prin­cesa en Israel. Quitad la amargura de ese pensamiento y para la hija de Jefté era cosa sublime, envidiable el “mo­rir por Dios, su patria y su señor”.

Los relatos de la resurrección de Jesús no admiten explicación racional fuera del simple sentido histórico‑gra­matical en que la Iglesia Cristiana siempre los ha com­prendido. La teoría naturalista y la mística, al aplicarse a este milagro de los milagros, se desmoronan por com­pleto. Las discrepancias que se alegan entre los relatos de los diversos evangelistas, en vez de restar algo a la vera­cidad de sus relatos, al examinárseles mejor se convierten en evidencias confirmatorias de la exactitud y lo digno de crédito de sus declaraciones. Si los relatos del N.

Tes­tamento merecen algún crédito, los siguientes hechos son evidentes:

(1) Jesús predijo su propia muerte y resurrec­ción, pero sus discípulos no le entendían claramente mien­tras les hablaba, de modo que no aceptaron por completo sus declaraciones al respecto.

(2) Inmediatamente después de la crucifixión los discípulos estaban dominados por el abatimiento y el temor; pero después del tercer día todos pretendían haber visto al Señor y daban minuciosos deta­lles de varias de sus apariciones.

(3) Afirman que le vieron ascender al cielo y poco después se les encuentra predi­cando a “Jesús y la resurrección” en las calles de Jerusalén, en toda la Palestina y otras regiones más allá.

(4) Muchos años más tarde, Pablo declara estos hechos y afir­ma que, en cierta ocasión, Jesús apareció a más de quinien­tos hermanos a la vez, la mayor parte de los cuales aún vivían cuando él escribió (1 Cor. 15:6) . Al decir esto, afirmaba, también, que si Cristo no había resucitado de entre los muertos, entonces la predicación del Evangelio y la fe de la Iglesia no eran más que enseñanzas nulas, basa­das sobre una enorme falsedad.

De los hechos que acabamos de mencionar, surge la siguiente conclusión: Tenemos que escoger entre aceptar las declaraciones de los evangelistas, en su significado cla­ro y sencillo o, de otra manera, creer que ellos, a sabien­das, declararon una falsedad (concertándose para dar un testimonio que era esencialmente una mentira delante de Dios) y salieron por todo el mundo, predicándola, listos en todo momento para sufrir torturas y sacrificar la vida después de haber sacrificado todos sus demás goces, para sostener esa falsedad! Esta última alternativa exige a nuestra razón un esfuerzo demasiado grande para creerla verdad; tanto más cuanto que las narraciones de los evan­gelios, honradas e incomparables, nos dan una base histó­rica clara y adecuada del maravilloso origen y poder del Cristianismo en el mundo.

El sentido histórico‑gramatical se desarrolla, además, por el estudio, tanto del contexto como del objeto de la obra de un autor. La palabra “contexto” (en latín “con” significa junto y “textus” quiere decir tejido) denota algo que está tejido junto y, cuando se la aplica a un docu­mento escrito, se entiende por ella la conexión de pensa­miento que se supone debe existir en cada uno de los pasajes o períodos que, sumados, forman el conjunto del documento. A esto algunos dan el nombre de conexión.

El contexto inmediato es el que inmediatamente precede o sigue a una palabra o sentencia dadas. Contexto remoto es aquel cuya conexión no es tan cercana y puede abar­car todo un párrafo o sección. Por otra parte, el objeto es el fin o propósito que el autor tiene en vista. Se supone que todo autor al escribir tiene en vista un objeto. Y ese

objeto se declara formalmente en alguna parte de su obra o, si no lo declara, se hará aparente en el curso general del pensamiento. El plan de una obra es el arreglo de sus varias partes, es decir, es el orden de pensamiento que el escritor se propone seguir.

Por consiguiente, el contexto, el objeto y el plan de un escrito deben estudiarse juntos; y, quizá, en orden lógico el objeto debiera ser lo primero a determinarse. Por­que quizá sólo después de haber dominado el objeto y de­signio principal de toda la obra podamos comprender bien el significado de algunas partes especiales de la misma.

Aún más, el plan de un libro está íntimamente relacionado con su objeto. No es posible asir bien el uno sin algún co­nocimiento del otro. Aun en los casos en que el objeto es­tá formalmente anunciado, un análisis del plan, lo hará más evidente aún. El escritor que tiene ante su mente un plan bien definido, es más que probable que se atendrá a él y hará que todos sus relatos y argumentaciones particu­lares convengan con el asunto principal.

El objeto de varios de los libros de la Biblia ha sido declarado formalmente por sus autores. La mayor parte de los profetas del A. Testamento declaran al principio de sus libros y de secciones particulares, el motivo y objeto de sus oráculos. El objeto del libro de los Proverbios está anunciado en los primeros seis versículos de su primer capítulo.

El asunto del Eclesiastés se indica en sus pri­meras palabras “Vanidad de vanidades”. En el capítulo vigésimo del Evangelio según San Juan, se declara formal­mente el designio dé ese evangelio “Estas cosas se han es­crito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. El objeto y motivo especiales de la Epístola de Judas se nos dan en los versículos 3 y 4.: “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros de la común salud, me ha sido necesario escribiros amonestándoos que contendáis eficazmente por la fe que ha sido dada una vez a los santos; porque algunos hombres han entrado encubiertamen­te, los cuales, antes, habían estado ordenados para este jui­cio, hombres impíos, convirtiendo la gracia de nuestro Dios en disolución y negando a Dios, que sólo es el que tiene dominio, y a nuestro Señor Jesucristo”.

Entendemos con esto que, mientras Judas estaba diligentemente pre­parándose y proyectando escribirles un tratado o epístola acerca de la salvación común, las circunstancias mencio­nadas en el versículo 4 le impulsaron a dejar de lado esa idea por el momento y escribir para exhortarles a luchar valientemente por la fe una vez por todas entregada a los santos. (El griego dice de esa fe, apax, esto es, una vez sola, “no se dará ninguna otra fe”. Bengel).

El objeto de algunos libros tiene que determinarse por un examen diligente de su contenido. Así, por ejem­plo, hallamos que el libro del Génesis consta de diez sec­ciones, cada una de las cuales comienza con el encabeza­miento “Estas son las generaciones…” Esta décuplo historia de generaciones está precedida e introducida por el registro de la creación, en los capítulos 1:1 a 2:3. El plan del autor, por consiguiente, parece ser, ante todo, regis­trar la creación milagrosa de los cielos y la tierra y, luego, los desenvolvimientos (evoluciones) en la historia humana que siguió a esa creación. De acuerdo con esto, a los primeros desenvolvimientos de vida y de historia hu­mana se les llama “las generaciones de los cielos y de la tierra” (cap. 2:4).

Habiendo rastreado las generaciones de los cielos y de la tierra a través de Adán hasta Seth (4:26‑26) el es­critor procede en seguida a registrar los productos de esa línea de descendientes, en lo que llama “el libro de las generaciones de Adán” (v. 1) . Este libro o sección no es la historia del origen de Adán ‑porque ésa se incorporó en las generaciones de los cielos y la tierra‑,sino la de la posteridad de Adán por medio de Seth hasta la época del Diluvio. Luego siguen “las generaciones de Noe” (.6:9) ; luego las de los hijos de Sem, Ham y Jafeth (10:1); luego las de Sem por medio de Arfaxad hasta Terah (11:10‑26) y después, en orden regular, las generaciones de. Tera (11:27, bajo la cual se coloca toda la historia de Abraham), Ismael (25:12), Isaac (25:19), Esaú (36:1) y Jacob (37:2).

De aquí que el gran ‑objeto de ese libro fuese, evidentemente, el dé registrar los comienzos y pri­meros desarrollos de la vida humana y de su historia. Man­teniendo presente este objeto del libro y su estructura, ve­mos su unidad, al mismo tiempo que descubrimos que cada sección y sub‑división sostiene una adaptación y relación lógica con el todo. Así, también, surge con más claridad y fuerza la tendencia de no pocos pasajes.

Un rápido examen del libro del Éxodo nos demuestra que su gran objeto es el de recordar la historia del éxodo de Egipto y la legislación del Monte Sinaí y que con toda facilidad se divide en dos partes (1) caps. 1‑18 (2) 19‑40, las que corresponden a estos dos grandes acontecimientos. Pero un examen y análisis más detenidos nos revelan muchas relaciones hermosas y sugerentes, de las diferen­tes secciones. En primer lugar, tenemos un relato vívido de la esclavitud de Israel (caps. 1‑11) .

Se la bosqueja con líneas vigorosas en el cap. 1; se la da más colorido por medio del relato de la vida de Moisés en sus prime­ros años y, luego, con su destierro (caps. 2‑4) y se nos muestra en su intensa persistencia en el relato de la du­reza de corazón del faraón, y las plagas, que, como consecuencia de ella, azotaron a Egipto (caps. 5‑11) . En segun­do lugar, tenemos la redención de Israel (caps. 12‑15:21) . Esta está, primeramente, simbolizada por la Pascua (caps. 12‑13‑16), realizada, luego, en las maravillas y triunfos de la marcha saliendo de Egipto y en el pasaje del Mar Rojo (13:17 a 14:31) y celebrada en el cántico triunfal de Moisés (15:1‑21) . Luego, en tercer lugar, tenemos la con­sagración de Israel (15:22 al cap. 40), la que se nos pre­senta en siete secciones:

(1) La marcha desde el Mar Rojo hasta el Rephidim (15:22 a 18:7) describiendo las prime­ras actividades libres del pueblo después de su redención y su necesidad de especial compasión y ayuda divinas.

(2) Actitud de los Paganos hacia Israel en los casos del hostil Amalec y del amigable Jethro (17:8 a cap. 18) .

(3) La promulgación de la ley en el Sinaí (19‑24)

(4) Trazado del plan del Tabernáculo (25‑27) .

(5) El sacerdocio aaró­nico y la ordenación de varios servicios sagrados (28‑31).

(6) Castigos de las apostasías del pueblo y renovación del pacto y de las leyes (32‑34) .

(7) Construcción del Taber­náculo, erigido y llenado de la gloria de Jehová (35‑40) .

Estas diversas secciones del Éxodo no se hallan de­signadas por encabezamientos especiales como los del Gé­nesis, pero las distingue fácilmente como tantas otras por­ciones subsidiarias del conjunto, al cual cada una contri­buye su parte y en la luz del cual se ve que cada una tiene especial significado.

Muchos se han propuesto poner en orden el curso de pensamiento de la Epístola a los Romanos. Para los que han estudiado cuidadosamente esta epístola, no cabe duda de que, después de su salutación introductoria y palabras personales, el apóstol anuncia su gran tema en el verso 16 de su primer capítulo. Este es: el Evangelio considerado como poder de Dios para salvación, a todo aquel que cree; al judío primeramente pero también al griego.

Esto no está anunciado formalmente como la tesis; pero mani­fiestamente expresa, de una manera personal feliz, el ob­jeto de toda la epístola. “Tenía por objeto, dice Alford, el asentar, sobre los amplios principios de la verdad y del amor de Dios, las mutuas relaciones y unión en Cristo del antiguo pueblo de Dios y del mundo, recientemente insertado. No es de extrañar, pues, que veamos que esa epístola contiene una exposición de la indignidad del hombre y del amor redentor de Dios, tales cuales la misma Biblia no contiene en ninguna otra parte”.

Habiendo determinado el objeto y plan general de un libro, nos hallamos mejor preparados para rastrear el contexto y el aspecto de sus partes especiales. El contexto, como ya hemos dicho, puede ser inmediato o remoto, se­gún que busquemos su conexión inmediata o una más le­jana, con la palabra o frase que nos ocupe. Puede exten­derse por unos cuantos versos o por toda una sección. Los últimos veinte y siete capítulos de Isaías exhiben una no­table unidad de pensamiento y de estilo; sin embargo, son susceptibles de varias divisiones.

La célebre profecía me­siánica en los capítulos 52:13 al 53:12 es un período com­pleto en sí, aunque truncado de la manera más desgracia­da por la división de los capítulos. Pero aunque por sí mismos estos quince versículos forman una sección clara­mente definida, no debe separárseles del contexto o tra­társeles como si no tuviesen conexión vital con lo que les precede y lo que les sigue.

El libro de Isaías tiene sus divisiones más o menos cla­ramente definidas, pero se adhieren unas a otras y están entretejidas entre sí, formando un todo viviente. Hermo­samente observa Nagelsbach, que “los capítulos 4.9‑57 son como una guirnalda de gloriosas flores entrelazadas con cinta negra; o corno un cántico de triunfo por cuyos tonos amortiguados corre la melodía de una endecha, pero esto en una forma tal que, gradualmente, las cuerdas lú ;‑ubres se funden en la melodía del cántico triunfal.

Y al mismo tiempo, el discurso del profeta está arreglado con tanto arte que la cinta enlutada viene a formar exactamente en su centro un gran moño, pues el capítulo 53 constituye el centro de todo el ciclo profético de los capítulos 4‑0‑56”.

Es necesario estudiar el contexto de Gálatas 5:4, para darse cuenta de la fuerza y del objeto de las pala­bras; “De la gracia habéis caído”. El apóstol está colo­cando en contraste la justificación por la fe en Cristo, con la observancia de la Ley, y arguye que las dos cosas se oponen mutuamente, de modo que la una, necesariamen­te, excluye a la otra. Quien recibe la circuncisión como medio de justificación (v. 2) de hecho excluye a Cristo, cuyo Evangelio no exige tal acto.

Quien busque justificarse por medio de un ley de obras, se obliga a sí mismo a la observancia de toda la ley (v. 3); no solamente a circun­cidarse sino a obedecer todas las minucias de la ley. Luego con notable énfasis, añade: “Vacíos sois de Cristo los que por la ley os justificáis (pretendéis justificaros); de la gra­cia caísteis”. Os separáis a vosotros mismos del sistema de la gracia (tes charitos). La palabra “gracia”, aquí, no debe entendérsela como una bendita adquisición de experiencia personal sino como el sistema de salvación del Evangelio. De este sistema apostata quien busca justificarse por me­dio de la Ley.

De lo que precede resultará obvio que la conexión de pensamiento de un pasaje dado puede depender de una variedad de consideraciones. Puede ser una conexión histórica, en la que los hechos o acontecimientos registra­dos estén conectados en una serie cronológica. Puede ser histórico‑dogmática, en la que un discurso doctrinal esté relacionado con algún hecho o circunstancia históricos.

Puede ser una conexión lógica, en la que los pensamien­tos o argumentos se presentan en orden lógico, o puede ser psicológica, porque dependa de alguna asociación de ideas. Esto último a veces ocasiona una ruptura repentina de una línea de pensamiento y puede servir para explicar algunos de los pasajes en forma de paréntesis y los casos de “anacoluthon” (falta de continuidad) tan frecuentes en los escritos de San Pablo.

Nunca insistiremos‑demasiado acerca de la importan­cia de estudiar cuidadosamente el contexto; el objeto y el plan. Será del todo imposible la comprensión de muchos pasaje de la Biblia sin la ayuda del contexto, pues mu­chas sentencias derivan toda su expresión y fuerza de la conexión en que se hallan. Así también la correcta expo­sición de toda una sección puede depender de nuestra comprensión del objeto y plan del argumento del es­critor.

¡Cuán fútil resultaría como texto para probar al­guna cosa un pasaje del libro de Job, a menos que, junto con la cita, se nos dijera si tales palabras habían sido pronunciadas por Job mismo, por alguno de sus tres ami­gos, por Elihú o por el Altísimo! Aun la célebre declara­ción de Job (cap. 19‑25‑27) debe considerársela con refe­rencia al objeto de todo el libro, así como también a su intensa agonía y emoción en ese punto especial de la con­troversia.

Algunos maestros religiosos gustan de emplear textos bíblicos como epígrafes sin preocuparse de su verdadera conexión. Así acontece que con demasiada frecuencia adaptan los textos impartiéndoles un sentido ficticio en­teramente extraño a su verdadero objeto y significado. Lo que con tal proceder parece ganarse no admite comparación con las pérdidas y peligros inherentes a esa práctica. Alienta la costumbre de interpretar la Biblia en una forma arbitraria y fantástica, con lo cual se ponen armas pode­rosas en manos de los que enseñan el error.

No puede ale­garse ninguna necesidad en defensa de tal práctica. Las sencillas palabras de la Biblia, interpretadas legítimamente, según su propio contexto y objeto, contienen tal pleni­tud y comprensión de significado que son suficientes para las necesidades de los hombres en toda circunstancia. Sólo es robusta y saludable aquella piedad que se alimenta, no con las fantasías y especulaciones de predicadores que, prácticamente, colocan su propio genio encima de la Pala­bra de Dios, sino con las puras doctrinas y preceptos de la Biblia, desenvueltos en su verdadera conexión y signi­ficado.

Hay porciones de la Biblia para la exposición de las cuales no debemos buscar ayuda en el contexto o en el objeto. Por ejemplo, el libro de los Proverbios está com­puesto de numerosos aforismos separados, muchos de los cuales no tienen conexión alguna entre sí. Varias partes del libro de Eclesiastés consisten en proverbios, soliloquios y exhortaciones que no parecen tener relación vital entre sí. También los evangelios contienen algunos pasajes im­posibles de explicar como teniendo conexión con lo que les precede o les sigue.

Sobre tales textos aislados, como también sobre los no así aislados, a veces arroja mucha luz la comparación con otros pasajes paralelos; pues hay palabras, frases y declaraciones históricas o doctrinales que, difíciles de en­tender en un lugar dado, a menudo se hallan rodeados de mayor luz por las declaraciones adicionales con que apa­recen ligados en otras conexiones. Sin e1 auxilio de pasajes paralelos algunas palabras y declaraciones de las Escrituras apenas serían inteligibles.

“Al comparar paralelos, ‑dice Davidson-, conviene observar cierto orden. En primer lugar, debemos buscar paralelismos en los escritos del mismo autor, puesto que es posible que las mismas peculiaridades de concepto y modos de expresión aparezcan en diversas obras de una misma persona. Existe cierta configuración de la mente que se manifiesta en las producciones de un hombre.

Cada escri­tor se distingue por un estilo más o menos propio; por características ‘mediante las cuales puede identificársele con las producciones de su intelecto, aun cuando oculte su nombre. De aquí lo razonable de esperar que los pasa­jes paralelos de los escritos de un autor arrojen luz sobre otros pasajes”.

Pero también debemos recordar que las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamentos son un mundo en sí mismas. Aunque escritas en gran variedad de épocas y consagradas a muchos temas diversos, tomadas en con­junto constituyen un libro que se interpreta a sí mismo. Por consiguiente, la antigua regla de que “las Escrituras deben interpretarse por las Escrituras” es un principio im­portantísimo de la hermenéutica sagrada. Pero es necesa­rio evitar el peligro de excedernos aun en esto.

Hay quie­nes han ido demasiado lejos al tratar de hacer a Daniel explicar la Revelación de San Juan y también es real­mente posible el forzar algún pasaje de Reyes o Crónicas, tratando de hallarlo paralelo con alguna declaración de San Pablo. Por lo general debe esperarse hallar los para­lelos más valiosos, en libros de una misma índole: lo histó­rico hallará paralelo en lo histórico, lo profético con lo profético, lo poético con lo poético y lo argumentativo o exhortatorio con sus similares. Es muy probable que hallemos más de común entre Oseas y Amos que entre Géne­sis y Proverbios; esperaremos hallar más semejanza entre Mateo y Lucas, que entre Mateo y una de las. epístolas de San Pablo; y estas epístolas, naturalmente, exhiben mu­chos paralelos, tanto de lenguaje como de pensamiento.

Por lo general se han dividido en dos clases los pasajes paralelos, en verbales y reales, según que lo que constituya el paralelismo consista en palabras o consista en material análogo. Donde una misma palabra ocurre en conexiones similares o en referencia al mismo asunto ge­neral, el paralelismo se llama verbal. Se llaman reales aquellos pasajes similares en los cuales el parecido o iden­tidad consiste no en palabras o frases sino en hechos, asun­tos, sentimientos o doctrinas.

Los paralelismos de esta cla­se a veces se subdividen en históricos y didácticos, según que la materia del asunto consista en acontecimientos his­tóricos o en asuntos de doctrina. Pero es posible que todas estas divisiones no sean más que refinamientos innecesa­rios. El expositor cuidadoso consultará todos los pasajes paralelos, ya sean verbales, históricos o doctrinales; pero al interpretar tendrá poca oportunidad de discernir for­malmente entre estas diversas clases.

Lo importante a determinar en cada caso es si exis­te verdadero paralelismo entre los pasajes aducidos. Un paralelo verbal puede ser tan real como el que incorpora muchos sentimientos correspondientes, porque una sola palabra, a menudo, decide de un hecho o una doctrina. Por otra parte, puede existir semejanza de sentimiento sin que haya verdadero paralelismo.

Una comparación cuidadosa de la parábola de los talentos (Mat. 25:14‑30) y la de las minas (Luc. 19:11‑27 ) demostrará que ambas tienen mucho que les es común, junto con no pocas cosas que son diferentes. Fueron pronunciadas en diversos tiempos, en sitios distintos y en oídos de personas diferentes. La parábola de los talentos trata únicamente de los siervos de un señor que se fue a un país lejano; la de las minas trata, también, de sus súb­ditos y enemigos que vio querían que él reinara sobre ellos. Sin embargo, la gran lección de la necesidad de una actividad diligente en el servicio del Señor, durante su ausen­cia, es la misma en ambas parábolas.

Se hace necesaria la comparación de pasajes para­lelos para determinar el sentido de la palabra aborrecer, en Lucas 14:26, “Si alguien viene a mí y no aborrece a su padre…” Esta declaración, a primera vista, parece ser un desacato del quinto mandamiento del Decálogo, al mismo tiempo que envuelve otras exigencias no razona­bles. Parece opuesta a la doctrina evangélica del amor.

Pero volviéndonos a Mateo 10:37 hallamos la misma de­claración en forma más suave y entretejida en un con­texto que sirve para revelar toda su fuerza e intento: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o a hija más que a mí, no es digno de mi”. El contexto inmediato de este verso (v. 34‑39) un pasaje característico de las más ardientes declaraciones de nuestro Señor, coloca su significado en una luz clarí­sima cuando dice (v. 34) : “No penséis que he venido a la tierra a traer paz; no he venido a traer paz sino gue­rra”. El ve un mundo sumido en la maldad, exhibiendo toda forma de oposición a sus mensajes de verdad. Con un mundo semejante él no puede hacer ningún compro­miso, ni tener paz alguna, sin, primeramente, tener un amargo conflicto.

En vista de esto, él, adrede, lanza una invitación a tal conflicto. El quiere conquistar paz. No quiere paz ob­tenida en otra forma.

Tal significado peculiar de la mencionada palabra, se halla, además. confirmado por su uso en Mateo 6:24; “Nadie puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospre­ciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón”.

Dos señores tan opuestos en naturaleza como Dios y Mammón no pueden ser amados y servidos al mismo tiempo por una misma persona. El amor de uno necesariamente excluye el de otro; y ni uno ni otro acepta el servicio de un co­razón dividido. En el caso de oposiciones tan esenciales, la falta de amor por el uno importa una enemistad des­leal, ‑la raíz de todo aborrecimiento.

La verdadera interpretación de las palabras de Jesús a Pedro, en Mat. 16:18, sólo pueden apreciarse plena­mente por medio de una comparación y un estudio cui­dadoso de todos los textos paralelos. Jesús dice a Pedro: “Tú eres Pedro (Petros) y sobre esta petra (o sea “esta roca”, Epitaute te petra) edificaré mi Iglesia y las puer­tas del Hades no prevalecerán contra ella”.

¿Cómo es po­sible de sólo este pasaje decidir si la roca (petra) se refiere a Cristo (como sostienen San Agustín y Wordsworth) o a la confesión de Pedro (Lutero y muchos teólogos pro­testantes) o a Pedro mismo? Es digno de notarse que en los pasajes paralelos de Marcos 8:27‑30 y Lucas 9:18‑21, no aparecen estas palabras de Cristo a Pedro. El contexto inmediato nos presenta a Simón Pedro como hablando por, y representando a, los discípulos, respondiendo a la pregunta de Jesús con la confesión audaz y llena de con­fianza: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Evi­dentemente Jesús se conmovió al escuchar las fervientes palabras de Pedro y le dijo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre mas mi Padre que está en los cielos”.

Fuesen cuales fuesen el conocimiento y las convicciones que acerca del me­siazgo y divinidad de Jesús hubiesen alcanzado los discí­pulos antes de esta ocasión, es un hecho que esta nueva confesión de Pedro poseía la novedad y la gloria de una revelación especial. No debía su origen a *’carne ni san­gre”, es decir, no era una declaración de origen natural o humano sino que era la explosión espontánea de una di­vina inspiración del cielo. En aquel instante Pedro fue poseído por el Espíritu de Dios y en el fervor ardiente de tal inspiración habló las palabras mismas que el Padre le inspiró. Por eso Jesús ‑1o declaró “bienaventurado” o fe­liz (makarios).

Volviendo ahora al relato de la presentación de Si­món al Salvador (Juan 1:31‑43) comparamos la prime­ra mención del nombre Pedro. Su hermano Andrés lo condujo a la presencia de Jesús y éste, mirándole, le dice: “Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas, que significa Pedro” (Petros). Así, desde el principio, Jesús le dice quien es y lo que será.

Carácter bastante du­doso era en ese principio Simón, el hijo de Jonás: irrita­ble, impetuoso, inestable, irresoluto. Pero Jesús vio que vendría una hora cuando se convertiría en la memorable piedra (Pedro) valerosa, fuerte, estable y firme, el confe­sor representativo y típico del Cristo. Retornando nue­vamente al pasaje en Mateo, es fácil ver que mediante su inspirada confesión del Cristo, Hijo del Dios viviente, Si­món ha alcanzado el ideal previsto y profetizado por su Señor. Ahora, realmente, se ha hecho Pedro; ahora “tú eres Pedro”, no ya, “serás llamado Pedro”.

Por consi­guiente, no podemos desechar la convicción de que el ma­nifiesto juego sobre las palabras petros y petra (en Mat. 16:18) tiene una significación intencional e importante y también una alusión a la primera aplicación del nombre a Simón (Juan, 1:43), como si el Señor hubiese dicho: “Acuérdate, Simón, del nombre significativo que te di la primera vez que nos vimos. Te dije entonces: “Serás llamado Pedro”; ahora te digo: “Tú eres Pedro”.

Pero indudablemente hay un significado intencional en el cambio de petros a petra, en Mata 6:18. Es sumamen­te probable que hubo un cambio correspondiente en las pa­labras arameas usadas por el Señor en esta ocasión. Pue­de, quizá, haber meramente empleado las formas simples y enfáticas de la palabra aramea, Cefas. ¿Qué, pues, signi­fica la petra, sobre la cual Cristo edifica su Iglesia? Al contestar esta pregunta inquirimos lo que otros pasajes di­cen acerca de la edificación de la Iglesia; y en Efesios 2:20‑22, hallamos escrito que los cristianos constituyen “la familia (domésticos) de la fe, edificados sobre el fun­damento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo; en el cual compagi­nado todo el edificio va creciendo para ser un templo santo al Señor; en el cual vosotros también sois junta­mente edificados, para morada de Dios en Espíritu”.

Ha­biendo hecho la transición natural y fácil de la figura de una familia u hogar a la estructura dentro de la cual mora la familia o existe el hogar, el apóstol habla de esto último como “edificado sobre el fundamento de los. apóstoles y profetas”. Los profetas de que se habla aquí indudable­mente son los del Nuevo Testamento, a que se hace refe­rencia en los capítulos 3:5 y 4:11.

La expresión “El fundamento de los apóstoles y pro­fetas” ha sido explicado como

(1) un genitivo de oposición, ‑es decir que significaría el fundamento que está constituido o formado con apóstoles y profetas; en otras pala­bras los apóstoles y profetas, personalmente, son el funda­mento (opinión de Crisóstomo, Olshausen, De Wette y muchos otros); o

(2) como genitivo de la causa originar­te, el fundamento colocado por los apóstoles (Calvino, Kop­pe, Harless, Meyer, Eadie, Ellicott)

(3) como un genitivo de posesión, el fundamento de los apóstoles y profetas, es decir, el fundamento sobre el cual ellos, como todos los de­más creyentes, están edificados (Beza, Bucer, Alford). Creemos que en la amplitud y plenitud del concepto del apóstol hay lugar para todos estos pensamientos, y una comparación más amplia de la Biblia corrobora esta opi­nión. En Gálatas 2:9 se habla de Cefas, Santiago y Juan, como columnas (Stuloi)‑, pilares‑fundamentales o colum­natas de la Iglesia. En la visión apocalíptica de la Nueva Jerusalén, que es “la esposa, mujer del Cordero” (Rey. 21:9) se dice que “el muro de la ciudad tiene doce funda­mentos y, sobre ellos, doce nombres de los doce apóstoles del Cordero” (Rev. 21:14) .

Es evidente que en este pasa­je se concibe a los apóstoles como piedras fundamentales, formando la sub‑estructura de la Iglesia; y con este con­cepto “el fundamento de los apóstoles y profetas (Efes. 2:20) puede tomarse como genitivo de oposición. Pero en 1Cor. 3:10, el apóstol habla de si mismo como sabio ar­quitecto que coloca un fundamento (Demelion edmka, un fundamento coloqué). Inmediatamente después (verso 11) dice: “Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”. Este fundamento fue el que Pablo mismo colocó cuando fundó la iglesia de Corinto e hizo conocer allí al Señor Jesucristo. Una vez puesto este fundamento nadie podía poner otro, aunque si podría edificar encima. El mismo Pablo no podría haber puesto otro, si alguien, antes que él se hubiese adelantado a colo­car este fundamento en Corinto (compar. Rom. 15:20) .

De qué manera colocó este fundamento nos lo dice en el cap. 2:15, especialmente cuando dice (v. 2) “No me propuse saber algo entre vosotros sino a Jesucristo y a éste cruci­ficado”. En este sentido, pues, Efes. 2:20 puede tomarse como genitivo de la causa originarte‑, el fundamento que los apóstoles colocaron. Al mismo tiempo, no tenemos por qué pasar por alto o desconocer el hecho presentado en 1ª Cor. 3:11, de que Jesús mismo es el fundamento; es de­cir; Jesucristo, ‑incluyendo su persona, obra y doctrina‑, es el gran hecho sobre el cual está edificada la Iglesia y sin el cual no podría haber redención. Por consiguiente, la Iglesia misma, según 1` Tim. 3:15 es la “columna y apoyo (edraioma) de la verdad”.

En vista de todo esto, soste­nemos que la expresión “fundamento de los apóstoles y profetas” (Efes. 2:20) tiene una plenitud de significado que puede incluir todos estos pensamientos. Los apóstoles fueron ellos mismos incorporados en este fundamento y constituidos en columnas o piedras fundamentales; tam­bién ellos fueron instrumentos en la colocación de este fundamento y el edificar sobre él; y habiéndolo colocado en Cristo, y obrando únicamente por medio de Cristo sin quien nada podían hacer, Jesucristo mismo, según ellos lo predicaban, era considerado también como la base sustentadora y el fundamento de todo 1ª Cor. 3:11.

Aquí debiera también compararse otra parte de la Escritura, a saber, 1 Pedro 2:4‑5, porque proviene de la persona a quien se dirigieron las palabras de Mat. 16:18, palabras que parecen haber constituido para él un pensa­miento que se grabó en su alma como un recuerdo precio­so. “Al cual (es decir, al precioso Señor, recién menciona­do) allegándoos, piedra viva, reprobada, cierto, de los hombres, empero escogida de Dios, preciosa, vosotros tam­bién, como piedras vivas, sed edificados una casa espiri­tual…” Aquí se presenta al Señor mismo como la piedra fundamental escogida y preciosa (comp. v. 6) y, al mismo tiempo, se representa a los creyentes como piedras vivas, formando parte del mismo templo espiritual.

Volviendo al texto en Mat. 16:18, que Schaff consi­dera como “una de las declaraciones más profundas y de mayores alcances proféticos de nuestro Salvador pero, al mismo tiempo uno de sus dichos más controvertidos”, la precitada comparación de pasajes que alguna relación mantienen entre sí nos suministra los medias de penetrar en su verdadera intención y significado.

Lleno de divina inspiración, Pedro confesó a su Señor para gloria de Dios Padre (compar. 1 Juan 4:15 y Rom. 10:9) y en esa ben­dita capacidad y confesión se hizo el confesor cristiano, representativo o ideal. En vista de esto, el Señor le dice: Ahora tú eres Pedro; te has transformado en una piedra viva, típica y representativa de la multitud de piedras vi­vas sobre las cuales edificaré mi Iglesia. El cambio del masculino Petros al femenino petra indica de una manera perfectamente adecuada que no tanto sobre Pedro, el hombre, el individuo simple y aislado, como sobre Pedro considerado como el confesor, tipo y representante de to­dos los demás confesores cristianos, que han de ser “junta­mente edificados para morada de Dios en Espíritu”. (Efes. 2:22) .

En la luz de todos estos pasajes se verá lo impropio e inaplicable de la interpretación protestante que más ha prevalecido, o sea la que la petra o roca es la confesión de Pedro. Dice Nast: “Todo edificio debe tener piedras fun­damentales. ¿Cuál es, de parte del hombre, el funda­mento de la Iglesia Cristiana? ¿No es, ‑lo que Pedro exhi­bió‑, una fe obrada por el Espíritu Santo y una confe­sión con los labios, de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios viviente? Pero este creer con el corazón y confesar con los labios, es un asunto personal; no puede separarse de la personalidad viviente que cree y confiesa.

La Iglesia está constituida por seres vivientes y su fundamento no puede ser una mera verdad o doctrina abstracta, un algo aparte de la personalidad viviente en la que está incorporada. Esto está de acuerdo con todo el lenguaje del Nuevo Testamen­to, en el cual no a las doctrinas ni a las confesiones, sino a los hombres, se llama, invariablemente, columnas o fun­damentos del edificio espiritual”.

A la interpretación romanista que explica estas pala­bras como invistiendo a Pedro y sus sucesores con una permanente primacía en Roma, Schaff opone las siguientes objeciones insuperables:

(1) . Esa interpretación borra la distinción entre petros y Petra;

(2) es inconsistente con la figura arquitectónica: el fundamento de un edificio es uno y permanente y no constantemente renovado y cambiado;

(3) confunde la prioridad del tiempo con la supe­rioridad permanente de rango;

(4.) confunde el apostolado, el que, hablando estrictamente, no es transferible sino limitado a los discípulos originales, personales, de Cristo y órganos inspirados por el Espíritu Santo, con el episcopado post‑apostólico;

(5) envuelve una injusticia hacia los demás apóstoles, a quienes, como cuerpo, se llama explícita­mente el fundamento o piedras fundamentales de la Igle­sia;

(6) contradice todo el espíritu de las epístolas de Pe­dro, espíritu enteramente anti‑jerárquico, contrario a toda superioridad sobre sus “co‑presbíteros”;

(7) finalmente, descansa sobre suposiciones infundadas que no pueden demostrarse ni exegética ni históricamente, ‑a saber, la cualidad de transferible de la primacía de Pedro y su real transferencia al obispo‑ no al de Jerusalén o al de Antioquia (donde consta que Pedro éstuvo) ‑sino, exclusiva­mente, al de Roma.

La Hermenéutica. Por M.S. Terry.  Arturo F. Wesley. Montevideo, Uruguay. 1924.

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